Vamos a comernos ese libro, literalmente

El jueves 20 de Agosto en el Restaurante Hajillo´s la reconocida chef especializada en cocina venezolana, FELICIA SANTANA (Premio Armando Scannone 2012), ofrecerá un menú degustación inspirado en el libro "EL PASTEL QUE SOMOS", cuyo autor es Miro Popic.

Miro Popic, reconocido crítico gastronómico, acaba de publicar el mencionado libro partiendo de la hipótesis  que antes de que nuestro territorio se llamase Venezuela, los primeros habitantes comían yuca, maíz y ají dulce. Más que la religión o el territorio la comida es lo que nos da identidad.


Para hacer reservaciones:
 Hajillo´s Calle Miranda, C.C. Doña Aurora, Local 4
El Hatillo - Caracas
Distrito Capital - Venezuela
(0212) 963.79.45 / (0414) 277.47.81

Menú degustación

Abrebocas
Tequeños con mojitoCasabitos con crema de caraotasBuñuelos de yuca con aguacate.
Entrada:
Ajíes rellenos en tres versiones:Cazónmorcilla orientalqueso de cabra aliñado
Fuerte:
Bollo pelón de yuca relleno con guiso de pollo y ají dulce sobre espejo de tomates con orégano o Pastel de Maíz Tierno con carne mechada frita y flor de cilantro. (selección del comensal)
Postre
Buñuelos de arracacha con melao de papelón sobre lecho de dulce de cabello de ángel.
                                                                 
*Bebida no alcohólica para acompañar la comida 
* Cerveza DESTILO de Bienvenida 
*Una (01) edición del libro "El Pastel que somos" por pareja
*Descorche gratuito de vino

Degustación de El Pastel que Somos01-05-15

Ya a la venta
El primer recetario que se recuerda en Venezuela se le debe a J. A. Díaz fechado en 1861. Entre el siglo XVIII y el XIX los venezolanos éramos grandes devoradores de carne de res, tanto que Alejandro de Humboldt en su legendario viaje a finales del siglo XVIII escribió que en Caracas se comía más carne que en París. Somos un país productor de cacao, sin embargo tenemos muy pocas recetas con chocolate. En los Andes hay más tradición dulcera que en Oriente, porque en la región andina hubo mucho más conventos que en la oriental, y los conventos además de a Dios eran lugares de culto a la repostería. Entre nosotros en asuntos alimentarios conquistadores y conquistados cedieron espacios generando una nueva manera de cocinar, los ibéricos introdujeron el caldero pero en el territorio que más tarde sería Venezuela se continúo y se continúa usando el budare indígena. Igual se aceptó el pan de trigo pero no se abandonó el de maíz. En el escudo nacional aparecen doce espigas de trigo, habría que preguntarse por qué sus autores no incorporaron la yuca, el maíz o el ají dulce productos más representativos de nuestro orden gastronómico.
De este tipo de acotaciones, datos curiosos, reflexiones y llamados de atención esta cargado El pastel que somos, el texto de Miro Popic que ahora tengo el gusto de presentar al lector. El libro forma parte de una ya extensa saga de escritos y publicaciones en los que su autor –un verdadero apasionado, estudioso y oficiante, de la cocina y la gastronomía– ha ido construyendo teorías muy personales sobre los orígenes, evolución y constitución de la cocina venezolana.
Miro mantiene a todo lo largo del libro una perspectiva antropológica. La convicción de que la cultura alimentaria de un pueblo es un proceso continuo de aprendizajes producto de la relación entre los recursos disponibles y las maneras de prepararlos. Ese aprendizaje va produciendo una acumulación de conocimientos y prácticas que contribuyen a generar identidad en medio de las diferencias. En consecuencia nuestro autor sostiene que las arepas, .el casabe y las cachapas, símbolos de la cocina venezolana, se siguen cocinando tal como se hacía mucho antes de la llegada de los europeos, porque la memoria alimentaria de lo que es hoy la identidad gastronómica venezolana se fue consolidando por siglos desde el momento mismo cuando 15 mil años antes de Cristo se instalaron en el territorio sus primeros ocupantes.
Para demostrar esa tesis Popic nos ofrece en este libro un gran paneo histórico que comienza con la referencia a las pinturas rupestres y petroglifos con los que nuestros pueblos originarios registraron actividades asociadas a la agricultura y la alimentación; se pasea luego por el choque y la mixtura cultural que trae consigo la conquista y la colonización del territorio entre los siglos XV y XVIII; y, va sorteando períodos, anécdotas y datos históricos de la era republicana hasta llegar a la contemporaneidad cerrando su viaje con una apasionada reflexión sobre la venezolanidad de la hallaca.
Pero, ojo, no estamos ante un tratado académico de historia de la alimentación, tampoco ante un texto escrito de manera linealmente cronológica. Estamos más bien ante una mirada caleidoscópica, frente a un grato mosaico mural de textos que pueden leerse de manera autónoma, que trata de explicarse y explicarnos las relaciones entre identidad y cultura gastronómica, haciéndolo por medio de una equilibrada mezcla entre la gracia literaria del buen periodismo, la seria curiosidad de las disciplinas históricas y la capacidad reflexiva de las ciencias sociales.
Por esa razón el libro está recurrentemente sazonado con citas de autores de la más diversa formación intelectual. Cronistas y viajeros como Fernández de Oviedo o Bernal Díaz del Castillo; poetas de la talla de Rafael Cadenas; lingüistas como el maestro Rosenblat; historiadores rigurosos como Arcila Farías o Germán Carrera Damas; relevantes estudiosos de nuestra gastronomía como los dos Rafaeles, Cartay y Lovera; historiadoras de la alimentación como Maguelonne Toussain-Samat; o pensadores libres al estilo de José Ignacio Cabrujas se dan cita sin preámbulos, prejuicios ni jerarquías en la misma mesa donde Miro les sirve, sonreído, rociándolos con el vino de la eternidad, este pastel que somos.
Lo que más me gusta de este libro es que destila afecto y goce. Incluso si el lector no supiera quién es Miro, si desconociese que a su iniciativa se debe una de las mejores guías gastronómicas que haya tenido Venezuela, que sus columnas de prensa y sus libros nos han ayudado por largos años a conocer de vinos y condumios variados, notará rápidamente que el autor es un hombre que sabe comer y cocinar, que ama desaforadamente a Venezuela y que en asuntos de placer su palabra no se engaña. Y, lo mejor, que el presente oscuro que vivimos a él no le quita lo bailao. Tampoco la esperanza. Y mucho menos su capacidad crítica que algunas veces deja correr en medio de recetas y relatos alimentarios.
En estos momentos de oscuridad nacional, de asesinatos y persecuciones políticas, de empobrecimiento económico y espiritual, los connacionales como Miro, que no se dejan vencer por la desesperanza, continúan haciendo su trabajo creativo, construyen país y lo piensan con mirada de grandeza, suscitan en nuestra afectividad herida un profundo agradecimiento, un gran sentimiento de admiración y un orgullo secreto por compartir su amistad.
Una de sus frases resume de la mejor manera la tesis fundamental que flota a lo largo de estas páginas: “Más que averiguar qué comen los venezolanos, hay que preguntarse cómo lo que comemos nos hizo venezolanos”. Por esa razón el libro cierra con un desplante divertido. Miro Popic se pregunta: “¿Desde cuando somos venezolanos?”. Y se responde sin titubeos: “¡Desde que comemos hallacas!”.
Lo que comemos nos hizo venezolanos. Y Miro desde hace décadas nos ha ayudado a comer mejor y a impedir que nos sometamos a ciertas miradas eurocéntricas que desde siempre trataron de minimizar la calidad y riqueza de nuestra cocina.
Nota envíada por Angela Oráa
Autor del texto: Tulio Hernández
Publicar un comentario

Entradas populares